¡Pobre Tobías!
Se siente solo, aburrido, nostálgico. Está desesperado.
Tumbado en su cama dentro de su pequeña nueva habitación, se muerde las uñas y cuando se queda sin uñas, se arranca la piel de las yemas de los dedos. Su mano izquierda reposa sobre el celeste de la sábana en su colchón y ha tomado un tono marrón sangre a causa de sus manos, antes hábiles, ahora mutiladas por él mismo. Está inconforme con todo y con todos hasta con su persona y está irritado, nervioso. Quiere volver a casa, pero no lo hará, no puede. No van a permitírselo.
Pobre hombre.
Lo que ellos no entienden es cuánto extraña su casa nuestro personaje. No se imaginan cuanto añora aspirar el aroma que lo recibía todas las mañanas, algo propio de su hogar; no saben que extraña sus herramientas, sus manos están inquietas por ello, impacientes por el tacto del hilo y la aguja, el contacto con las telas. Y sus ojos, sus pobres ojos carmesí alucinan a sus obras, las ven dormidos y despiertos, a color y en blanco y negro. Sus pobres marionetas. Ellos probablemente se han desecho de todas, no saben valorar a los aristas. Su arte es incomprendido.
Pobre titiritero.
Colgado en sus burdas alucinaciones, Tobías dilata su mirada y sus ojos bailan de esquina a esquina buscando, no una salida, sino a sus marionetas. Las extraña, las demanda, las necesita implacablemente. No puede domir sin ellas, ni comer, ni beber, ni vivir, ni morir. Está encarnado a ellas. Las ama desmesuradamente. ¿Y cómo no iba a amarlas si son todo su trabajo? Labradas con sus expertas manos artesanales.
En casa de Tobías había muchas marionetas, algunas ya muy viejas, en pésimo estado, pero conservadas en la bodega por una cuestión sentimental. En la misma bodega, menos atrincheradas están sus nuevas creaciones. Él recuerda cada recoveco del lugar. Lo dibujaría hasta dormido.
Una, dos, tres, cuatro, cinco... seis muñecas por por entre las repisas. Sentadas una al lado de la otra vestidas de todos los colores, mirando el cielo raso, como pidiendo un deseo.
Siete, ocho, nueve, diez, once, doce... trece marionetas de piel apiñonada y cabellos largos de chocolate, escarlata y oro que cuelgan del techo con el semblante triste y apagado.
Catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho... diecinueve. El resto de las diecinueve están todas atrincheradas contra una pared desnuda, están comenzando a pudrirse y se desmoronan cada día más rápido. Inclínense a mirar sus ojos, son negros. Completamente negros y vacíos con un tono granate en el contorno. La mueca de sus labios no es ni de dolor, ni de alegría, toda emoción ha sido absorbida de sus sistemas.
Veinte. Hay una más en la mesa de trabajo, una inconclusa, su cuerpo aún no fue tallado, no ha sido perfeccionado, aún no ha sido vestida, ni maquillada. El material probablemente se habrá desperdiciado en un par de días, no tiene oportunidad de vivir entre los estantes. De la mesa goteaba la esencia de la muñeca en el momento en el que irrumpieron por Tobías y se la arrebataron de las manos.
-¡No!¡Insensibles bestias! Ustedes no entienden mi trabajo, no saben lo que están haciendo. Lo que estoy haciendo aquí es arte, es una preservación de lo que amo. ¡No!¡No me las quiten, las necesito!¡Son todo lo que tengo! Soy un hombre solitario y feo. Nadie quiere pasar tiempo conmigo, las personas me rechazan, las mujeres también, pero mis preciosas muñecas me aman. Aman vivir conmigo.
Y él no está mintiendo, nadie soporta su presencia, los niños le temen, los hombres lo ignoran y las mujeres lo aborrecen. Él solía vagar por ahí, con una flor en la mano y una caja de chocolates bajo el brazo. Cada vez que una hermosa mujer lo enamoraba con su presencia, se le acercaba y la invitaba a charlar. Luego venía el rechazo. Una y otra vez. Así fue como su colección de marionetas fue creciendo, con un "no" a la vez.
Pobres marionetas.
Apuesto a que él no esperaba a que se enteraran de sus creaciones, pero los muertos siempre salen a la luz, en especial si no los entierras.
Pobre Tobías. Ahí en su celda sufre, él sufre sus 75 pérdidas.

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