Descripción

Bienvenidos a mi subconsciente. Por favor, no toquen nada y recomiendo husmear con cuidado, mis demonios andan sueltos.

jueves, 14 de mayo de 2015

Camino de estrellas.



¿Cuántas veces hemos mirado al cielo, como pidiendo respuesta, buscando consuelo (que siempre hemos de encontrar), o rogando un poquito de inspiración?
Esta madrugada se me ocurrió dormir al intemperie, anidar debajo de esa enorme bóveda azul oscuro que conocemos por cielo. Respirar vegetación, gozar del ventilador de la naturaleza. Una vez que la ciudad se apagó, el cielo cobró vida, estrellas divertidas asomaron sus narices para vernos dormir, para cuidar nuestros sueños. Ojos descarados que brillaban ante la expectación de lo que nuestras mentes hacen cuando están dormidas. 
Desperté llena de ideas, así es como nació esto.
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Había al menos unas tres mil, quizá cuatro mil, personas haciendo fila y esperando a por mí. Yo tenía los dedos entumecidos por tanto escribir y escribir y los marcadores se hubieran encarnado a mis dedos, de no ser porque ellos también se iban agotando y tenía que cambiarlos constantemente. Llevaba toda la mañana en este asunto y no lograba notar si más gente se ha sumado a la fila o si poco a poco estaba ha comenzado a hacerse más corta. Supongo que todo era cuestión de perspectiva.

Había firmado de todo, desde ejemplares de mis libros hasta camisetas, pasando por alguna fotografía o espacios en blanco dentro de unas libretas especiales, cada seguidor tiene su estilo, cada uno de ellos me admira por razones diferentes. Y si bien no sé si soy digno de tal admiración estoy de lo más feliz con ella. Mi vida dio un giro de 360° el día que me convertí en escritor y llevé mi manuscrito a la editorial en la que ahora trabajo. 

He visto ya muchas caras, diferentes portadas para la presentación de mi libro y todas las versiones económicas que hay, desde la más sencilla, esa que se desbarata con tan solo un soplo, hasta aquella de pasta dura y edición especial que yo considere demasiado lujosa, supongo que eso ya depende más de tu bolsillo que de tu pasión por la lectura, pero no soy quién para juzgar a nadie. Al contrario, aquí yo soy el juzgado, puesto que ahora estoy en la mira de miles de personas que siguen lo que hago aunque por el momento lo único que hago es entregarme a este momento glorioso que me generó la historia. 

-Me encanta "Camino entre estrellas" - me dijo una mujer pelirroja  llena de pecas que se acercó a la mesa y me pasó su ejemplar, bastante gastado por tanta lectura. Lo hojeé curioso y me encontré con anotaciones para todas partes, frases subrayadas, dibujos en los margenes y las iniciales LESG rotuladas por todas partes, sus iniciales, supuse.

-Esto es maravilloso - por un momento me perdí en el interior del libro, las costumbres al leer de esta chica eran tan parecidas a las mías que si alguien pusiese este libro entre mi librero pasaría desapercibido y sería bien recibido por ser exactamente igual a los demás. La muchacha sólo se sonrojó y abrió su libro en la única página en blanco que quedaba, la hoja que, por error de edición, fue dejada al principio en muchas de las ediciones de mi libro. Esta muchacha posee una de esas versiones ahora sacadas de mercado.

-¿Puede dedicar este libro a Leonora Emmanuelle Saenz Gracia, por favor? - dijo después de hacer un sonido desde su garganta, mismo que me saco de mi ensoñación.

-Por supuesto - tenía un nombre peculiar, no lo había escucha antes en mi vida, que no es tan larga, pero suficiente como para conocer una amplia gama de nombres y apellidos - Tiene usted un nombre fuera de lo común, eso es genial. 

-Ese no es mi nombre, yo me llamo Sandra - me miraba con atención mientras mi puño garabateaba un bonito mensaje para aquella mujer llamada Leonora, era un nombre fuerte, aquella mujer que lo posee, supongo que tiene un carácter firme e inquebrantable, aquella mujer debe ser un roble. Noté una lagrima aproximarse por sus ventanas marrones mientras mi pluma delineaba aquel nombre. Ahogaba un sollozo - ella era mi esposa. Y este era su libro favorito. Gracias, significa mucho para mí que lo haya firmado para ella.

Se fue sin decirme ninguna otra cosa, sin esperar a que yo respondiera o hiciera algo. Debo confesar que no pude dejar de pensar en ella y en la manera en la que se había aferrado al libro. Lo cargaba consigo como si se tratase de un tesoro y al mismo tiempo, de una granada. La seguí con la mirada hasta que la perdí. Y la tarde siguió corriendo con ella en mi cabeza.

Cuando terminé de firmar libros y los dueños de la editorial me dijeron que tenía la tarde libre, fui a cambiarme la ropa por algo más deportivo y me eche a correr por el parque de aquella ciudad. Todo sudado como lo estaba, nadie me reconoció entre los demás. Eso me hizo mil veces más feliz, el momento de ser estrella ya había pasado, ahora quería un poco de paz. Necesitaba mucha inspiración si quería volver a escribir algo como "Camino de estrellas", tenía que hacer algo más si quería mantenerme dentro del ámbito de la escritura, un sólo libro no sería suficiente. Pero hacía ya un buen tiempo que las ideas huecas y sin sentido se habían instalado en mi cabeza y no dejaban espacio para que las buenas llegaran. 

Anduve un rato sin darme cuenta de a dónde me estaba metiendo, hasta que llegué a una parte desolada del parque, una vieja sección de juegos infantiles, evidentemente cerrada por remodelación. Estaba llena de polvo y algunos de los juegos habían sido desmontados. Ahí, sentada en un sube y baja que aún no había sido movido de su lugar se encontraba aquella mujer pecosa que más temprano ese mismo día había acaparado mi atención. No vacilé al acercarme, pero ella sí vaciló entre quedarse ahí o echarse a correr, al final me reconoció debajo de mis mejillas rojas y el cabello humedecido por el  sudor cayéndome sobre la frente. Una ligera sonrisita asomó entre sus mejillas y se puso de pie, limpiándose el polvo de las rodillas del pantalón.  La invité a un café y ella aceptó con gusto.

La conversación fue amena, la tarde se me escapa de entre los dedos, como lo hace el agua del grifo cada mañana cuando me lavo la cara. No podía hacer nada para detenerlo, pero es que algo en esta mujer me decía que el destino la había puesto frente a mí por una razón. El romance no era una de ellas puesto que se declaró homosexual ante mí sin que siquiera se lo preguntara. Una verdadera lástima, porque era del tipo de mujer que me gustaban a mí, extremadamente delgada y con cabello corto, el cabello rojo y las pecas eran un plus. Me recordaba a alguien, pero nunca adiviné a quien. 
En fin, ella era melancólicamente divertida, sus bromas eran sarcásticas pero tenían gracia, sus preguntas eran las de una mujer que sabe dónde está parada, que tiene en mente todo lo que espera obtener en la vida.

-¿Qué te inspiró para escribir esta maravillosa historia? - fue una de las interrogantes de mayor interés para ella. Mis respuestas no parecían ser suficientes, ella andaba buscando algo más, hurgaba por entre las ventanas de mi ojos intentando encontrar ¿qué?, ¿verdad?, ¿dolor? No lo tengo claro, pero era evidente que estaba a la espera de una respuesta que nunca llegó de parte mía. Pero todo cuanto le dije era cierto, un día tuve un sueño extraño y cuando desperté ya tenía está maravillosa historia en mi mente. Como si alguien la hubiese puesto ahí. 

Para los que no han tenido el gusto de leer mi libro, se trata de una historia de amor muy intensa. Una hermosa diosa griega, codiciada por todos y cada uno de los otros dioses en el Olimpo que, tras rechazar a todos y cada uno de ellos, incluyendo a Zeus, se enamoró de un ser mortal. Se enamoró de una hermosa muchachita de tobillos delgados y cabellos negros alborotados. La conoció una noche cuando ambas vagaban por la noche, debajo de un cielo estrellado y una luna que brillaba como un sol nocturno, se reconocieron de inmediato la una a la otra, se sonrieron y se sentaron en un rincón en silencio. Nunca cruzaron palabra alguna ni esa, ni ninguna de las otras noches en las que se encontraban. La mujer era sordo muda, las palabras no existían para ella. La diosa se sentía dichosa de poder escaparse cada noche, bajar a la tierra, mezclarse entre los mortales y sentarse al lado de su amada. Se tomaban de la mano y abrazadas contemplaban las estrellas. Ellas se amaban, podían verse los zafiros brillando en sus ojos cada vez que se miraban y luego de varios meses viéndose en secreto decidieron hacer a las estrellas las únicas testigos de cuán grande era su amor. Se amaron toda la noche, sin mesura, sin tregua. No les importaba ya nada, era una sola las dos y eso se sentía exquisitamente bien. Luego de amarse, se quedaron dormidas una sobre el pecho de la otra hasta que amaneció. En cuanto se despertó desnuda a la luz del día entre los brazos de la mortal supo que no habría manera de entrar al Olimpo sin ser vista, su llegada acarrearía millones de preguntas que se negaba a responder. Así que decidió no volver hasta que la noche volviera a imponerse en el pueblo, tenía esperanzas, no quería tener que cargar con el castigo que los dioses le impondrían si se daban cuenta. Quizá un día lo descubrirían, pero ella se sentía dichosa por saber que aún estaba lejos ese día. 
No advertía que de vez en cuando un dios griego se esconde entre las estrellas para observar a los mortales cuando sueñan, cuando se aman y cuando mueren. Ella nunca se percató de que esa noche había un par de estrellas más, que había sido vista. 
Cuando llegó a su habitación, Morfeo, el único dios que la había visto, el único que no la deseaba, su hermano, la encaró e impuso un precio muy caro a la desobediencia de su hermana que fue exiliada a las estrellas, ahora tendría que permanecer con ellas día y noche, nunca jamás podría bajar del cielo, ahora la bóveda celeste sería su casa. La mortal no tuvo tanta suerte porque todos los dioses se sentían insultados ante aquel romance. Una noche, mientras ella esperaba a su amor en el mismo lugar de siempre, uno de ellos la asaltó y luego de violarla, le abrió la garganta de lado a lado. La diosa, que miraba desde las estrellas se volvía loca de desesperación, de rabia, de desamor, de impotencia, de ira. Se echó a llorar sobre una de las estrellas más grandes que encontró y llevada por la irá, la hizo estallar en una supernova que arrasó con todo a su paso. Todos los dioses que se encontraban por ahí sufrieron quemaduras irreversibles, algunos jamás volvieron a mostrarse, otros prefirieron tomar una forma animal y escapar lejos. La diosa, se dividió a si misma en miles de millones de estrellas inmortales que se alinearon para hacer un hermoso camino entre la estrella que ellas dos siempre miraban juntas y el lugar que antes les había pertenecido. Las personas jamás entendieron que pasó con aquella muchacha y tampoco supieron explicar por qué había nacido un camino de estrellas en el cielo a la mitad de la nada. 
Los únicos que comprendieron que era un camino de amor, eran los secretos enamorados que llegaban siempre a besarse en el mismo lugar en el que ellas lo había hecho una vez.

-¿Te importaría llevarme a casa? Me encuentro cansada - me pidió Sandra y yo accedí. 

Una vez en su departamento me invitó a pasar y una vez adentro, me invitó una copa mientras me hablaba acerca de su esposa. Sollozaba mientras me contaba que había fallecido en un accidente automovilístico poco después de haber cumplido un año de matrimonio. Estaba sentada en el sillón, usando mi brazo como apoyo y se acunaba en mi pecho mientras sus lágrimas calientes empapaban mi camisa. Había dolor, mucho dolor en su alma que desbordaba por su mirada. En su desesperado intento por encontrar consuelo me besó los labios con arrebato y ansiaba frenéticamente que se sintieran igual que los de ella, pero no lo hacían. Me llevo a la cama más para no sentirla vacía que para disfrutar del sexo, hasta que finalmente se durmió y agotado, también me dormí.

Esa noche, tuve un sueño de verdad muy extraño. El mismo extraño sueño que me levó a escribir "Camino de estrellas" Vi la historia de las diosas de nuevo, vi estallar la supernova y la vi a ella explotar en millones de estrellas que se agruparon en miles de estrellas, que después formaron un camino. Después vi algo más, una parte que no alcancé a soñar. Había dos personas mirando al cielo, sollozando ante el camino de estrellas. Dos dioses que lamentaban la pérdida de su tan querida hermana menor: Morfeo y Afrodita habían perdido a la única cosa que los unía, a Emmanuelle, la diosa de las palabras. Segundos antes de despertar, me di cuenta de que en realidad no estaba soñando, no había inventado nada, estaba viendo todo a través de unos ojos apagados que dormían sin descansar en realidad. Yo estaba viendo la historia a través de los ojos marchitos y dormidos del dios Morfeo, que al igual que su hermana Afrodita (quien junto a mi dormía) añoraban el recuerdo de su hermana menor perdida. 

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Prometo que yo no le he robado la historia a Morfeo (ni a ningún otro dios noctámbulo), palabra de escritora.
-Fabi G.


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