-No estoy de humor para lanzarte la pelota ahora, Zacarías. Ve a la cama son las 3 de la madrugada - me giro para el otro lado de la cama y me cubro todo el cuerpo con la sábana. Él no se va, sigue ahí sentado esperando a que me levante. Seguramente cederé a eso de las cuatro o cinco, dependiendo de cuánto sueño tenga yo.
-Vale, tú ganas. Dame la pelota, corre hacia allá y espera a que te la lance, ¿de acuerdo? - finalmente lo ha conseguido. Me ha sacado de la cama y salimos a jugar al amplio patio. Lanzo la pelota una y otra vez, el va a por ella y luego vuelve hasta mi. Me estoy cansando de la misma rutina todos los días.
Mi hermano no entiende de horarios, para él cualquier momento es bueno para jugar a la pelota. En la madrugada, cuando estoy comiendo, cuando miro la tele, a mediodía, cuando el sol está radiante en su cenit, cuando estoy enfermo. Le da igual, él de lo único que sabe es de su pelota de soccer y de que yo soy quien se la lanza.
Se estará preguntando por qué le sigo la corriente todo el tiempo. La respuesta es simple, una vez no lo hice como debía ser y el pequeño terminó en el hospital.
Hace ocho años, él estaba en el patio y yo estaba en la sala, concentrado en un nuevo juego de vídeo que había conseguido. Zac estaba llamando desde hacía un buen rato, repetía lo mismo una y otra vez "¿Me lanzas la pelota?, por favor, Tomás, juega conmigo", mi respuesta era siempre que no. Luego de una hora se cansó de pedir y comenzó a llorar. Mi mamá fue la primera en acudir a su llanto y sin previo aviso desconecto mi juego, obligándome a salir a jugar con mi hermano menor. No hará falta decir que yo estaba furioso, estaba por pasar de nivel.
Salí de la casa de mal talante y del mismo modo pateaba la pelota en dirección de mi hermano. Lo hacia sin ganas, el balón apenas se alejaba a un metro de mi y Zacarías pataleaba de berrinche, gimoteaba y amenazaba con decirle a mamá. Mientras más lloraba, más aumentaba mi irritación, hasta que alcanzó su límite.
Recuerdo que patee el balón con fuerza. Demasiada. Más de la que debí haber usado. La fuerza que imprimí en la pelota ayudo a trazar una trayectoria que culminó en el pecho de mi hermanito. Nunca he sido bueno para la física, pero no hay que serlo para deducir que la magnitud del impacto de aquel golpe era, por mucho, más de lo que un cuerpo de un niño de seis años podía soportar. Todo terminó con él en el hospital.
Ahora, sí me disculpa, no puedo quedarme aquí sentado. Zac está en el patio esperando con su pelota. No, no deliro, él está en ese patio, siempre en el patio, esperando a por mí. No puedo fallarle. Me da igual que sean las tres de la mañana, igual iré a jugar con él.
Salgo de la sala a prisa para alcanzarlo, pero he tardado demasiado, se ha ido. No tengo la fuerza para esperar a que vuelva, así que voy en su búsqueda. Me abro paso entre la oscura madrugada y voy a tientas, pero me conozco el camino hasta su escondite. A veces me hace venir a jugar hasta aquí. Lo encuentro sentado sobre un bloque de cemento. Esta mirando impaciente en mi dirección, sus ojos ávidos de mi me siguen segundo a segundo mientras me acerco.
-¿Me lanzas la pelota, Tomy? - tiene un bate en su posesión. Antes de que pueda prevenirlo me golpea duro en la cabeza. Dos veces más por sí el primer golpe no me hizo daño. Es demasiado fuerte para tener ocho años.
Caigo de bruces contra el suelo y mi frente golpea la punta de un bloque de cemento, lo cual provoca una herida que llora generosamente, bañando mi cara de sangre caliente. Zac no está más, se ha ido. Sabía que esas eran sus intenciones.
Estaban todos equivocados. Tomás no tenia alucinaciones sobre su hermanito fallecido ocho años atrás. Zac estaba allí, verdaderamente lo estaba, yo podía sentirlo y olerlo, no sólo verlo. Y también sabía que su único propósito conmigo era el de venganza. Hoy lo ha conseguido. Me ha devuelto el favor.
Yo te lo dije, mamá. Te dije que mi hermano estaba siempre en el patio jugando a la pelota. Te dije que me seguía a todas partes con la misma canción. Te dije que su inocente pregunta escondía mucho más que eso. Él quería sangre, quería venganza. Es demasiado tarde para que me creas, ya lo ha conseguido.
Veo mi cuerpo tendido en el suelo frío del cementerio. El enfermero del manicomio me ha encontrado. Revisa mis signos vitales, implementa métodos de reanimación, debería saber que ya es inútil, no hay nada que hacer por mi. El médico de la familia viene detrás, determina mi hora de muerte, 3:30 a.m.
Hasta el final vienes tú, con la mirada perdida. No deberías llorar en lo absoluto, ha sido tu culpa por completo, por no escucharme, por no ver que yo estaba en un estado casi catatónico.
Hasta el final vienes tú, con la mirada perdida. No deberías llorar en lo absoluto, ha sido tu culpa por completo, por no escucharme, por no ver que yo estaba en un estado casi catatónico.
Cuando llegas a la escena te quedas blanca del pasmo, pero no es mi cuerpo lo que estás mirando. Miras en mi dirección, yo sé que puedes verme, así como yo podía ver a Zac aun después de que murió.
Al fin me prestarás atención, ¿no es así?
Yo me encargaré de que sea así.
Al fin me prestarás atención, ¿no es así?
Yo me encargaré de que sea así.
¿Me lanzas la pelota, mamita querida?

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