Escribí esta historia hace ya unos años. Recuerdo que la utilicé para participar en una convocatoria cuando tenía dieciséis años. El tema de la convocatoria era "El amor en el fin del mundo" o algo por el estilo. Recuerdo que no sabía exactamente que idea plasmar en papel, hasta que mi mejor amigo me dijo: "Eso es fácil, todo el mundo amaría en el fin del mundo. Nadie quiere morir sólo". Después de eso, me nació esta idea. Quiero compartirla aquí no porque considere que sea buenísima, ni lo mejor que he hecho, pero es, en sí una de las historias más antiguas que conservo de cuando escribía en la preparatoria. Es especial para mí.
Lo conocí varios años atrás, Iván Montés. Tomaba clases de piano por las tardes igual que yo. Él era un estudiante avanzado, yo por mi parte aún estaba aprendiendo. El día que nos cruzamos por primera vez yo necesitaba ayuda con una melodía y él se acerco a ayudarme. Así empecé a conocerlo y comenzamos a vernos fuera de las clases. Cada cita nos unía mucho más. Los días se convirtieron en meses, los meses en años, y 7 años después nosotros permanecíamos juntos. A pesar del tiempo, de todo lo que habíamos pasado juntos y la situación global Iván me amaba tanto como yo a él, estábamos siempre en conexión y gracias a la música creamos un lazo inquebrantable entre nosotros, tanto que Iván compuso en piano una bella melodía, que llamo “La Sinfonía de mi Sol” y me la dedico a mí el día de mi cumpleaños, fue el regalo más maravilloso que alguien me dio en la vida, era por razones como esas que yo lo amaba.
El
mundo estaba vuelto loco, todo estaba puesto de cabeza, el crimen era
incontrolable, la marginación aumentaba, la economía iba por los suelos y aun
así, las cosas continuaban empeorando. La moral a nivel mundial estaba
decayendo y la paz era solo un recuerdo; la contaminación era evidente, los
recursos naturales comenzaban a escasear y toda forma de vida sobre la tierra estaba en peligro. No había
nada que salvar y la fe estaba por
perderse, es entonces cuando el hombre comienza a preocuparse, al borde del
caos.
Con
esta situación, sucedió mi pelea con Iván, fue una tarde de verano en la que
estuvimos juntos, pasados tantos años de
relación todo parecía llegar a su fin. Como olvidarlo, nos habíamos peleado por
una tontería que ya ni siquiera recuerdo, pero estaba molesta, así que tomé mis
cosas y me fui. Pase lejos de su lado casi medio año y aunque nunca deje de
amarlo, mi excesivo orgullo me impedía volver en su búsqueda.
Un
día decidí volver a la ciudad a visitar a mis padres, llegue muy temprano y
pase el día con ellos, vi a Iván pasar por ahí, note que me miraba, pero
preferí ignorarlo y entre a la casa. Al día siguiente, nadie lo sabía, pero
todo estaba por cambiar. La mañana fue normal, hasta que después del medio día,
se desato el caos, un terremoto de gran magnitud estremeció el mundo entero y
el cielo se vistió de oscuridad para todos, después llegaron los truenos y
relámpagos. Recuerdo que yo estaba afuera tratando de buscar sobrevivientes de
mi familia, cuando me tope con Iván, no había momento para rencor, era como si la
furia de nuestro Dios se estuviera desatando sobre la tierra. Grandes bolas de
granizo comenzaron a caer del cielo, Iván me tomo del brazo y comenzó a correr
buscando refugio. – Jamás debí dejarte ir, te he extrañado demasiado, Sol – me
decía mientras corríamos por nuestras vidas – y yo no debí irme así – respondí.
Aquello estaba escrito y ya no había nada que hacer, solo pedir piedad y misericordia.
Iván
consiguió ponernos a salvo y encontró un lugar para quedarnos, hasta que a media
noche, otro temblor nos despertó y nos
hizo salir de ahí entre truenos, relámpagos, granizo y oscuridad. Así empezamos
a huir del peligro juntos, sabíamos que nada iba a mejorar porque ya casi no
teníamos agua pura, ni tierra segura para caminar; había muertes y las personas
estaban perdiendo la Fe, inclusive Iván, un día empezó a dudar y entro en una
crisis nerviosa, por suerte pude ayudarlo a entrar en razón y que recobrara su
esperanza de seguir.
El
mundo ya no era mundo, ya no quedaba nada. Una mañana desperté y me vi a mí y a
Iván sin ninguna fuerza, con hambre y sed, en agonía, era todo y creo que lo
sabíamos. Yo ya no podía ni levantarme e Iván apenas podía con su alma. De
nuevo la tierra comenzó a estremecerse y luego a dividirse, él y yo nos miramos
a los ojos sin ninguna esperanza, nos
acercamos el uno al otro y nos abrazamos, nos besamos con toda el alma y él me
dijo: -- No debes temer, estaremos juntos hasta que el mundo acabe y al morir
estaré a tu lado. Yo volví a besarlo y luego él me abrazo con todas sus
fuerzas.
Lo
único que recuerdo después de eso es a Iván tarareando aquella melodía que
escribió para mí como un obsequio en uno de mis cumpleaños, seguida de un gran
estruendo antes de quedarnos dormidos los dos.
Creo
que fui buena persona después de todo porque al final Dios me dio la
oportunidad de morir en los brazos del amor de mi vida. Y aunque tal vez no
quedará persona para contarlo, quiero que quede claro que ame a Iván de la
manera más humanamente posible, hasta el fin de todo y que si hay más vida
después de esto, lo seguiría amando.

No hay comentarios:
Publicar un comentario