(En una comisaría)
-Oficial, le digo que soy inocente. He matado para hacer justicia, no por placer. No he disfrutado ni por un momento en ver como sus ojos parecían saltar de sus cuencas, ni me agrado la dulce sensación de la piel de su cuello presa entre mis robustas manos, ¿cómo puede usted pensar que sentí júbilo cuando una a una rompí todas su costillas para quitarle el aliento? No puede estarme incriminando de algo así. La muerte de mi esposa es demasiada tragedia para soportar, sus insinuaciones están de más, ¿puedo retirarme?
